(RD).- El candidato socialista a la Alcaldía de Madrid, Miguel Sebastián, cometió el pasado miércoles, en el debate de TVE, un acto de mezquindad que le invalida moral y políticamente, al utilizar la vida privada del alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón, como zafio y torpe instrumento electoral.

Si Sebastián piensa que tan zafio ataque va a proporcionarle algún rédito en las elecciones del 27-M, se equivoca con estrépito, porque la opinión pública sabe distinguir perfectamente lo que es el puro y legítimo enfrentamiento partidista de la ofensa personal, y castiga con dureza a quien vulnera las más elementales normas de educación y respeto.
Como escribe Ignacio Camacho en ABC, cuando un enano se enfrenta con un gigante, lo natural es que apenas alcance a mirarle por debajo de la cintura.
Por eso el socialista Miguel Sebastián –condenado a perder por incomparecencia y desde la cortedad de su irrelevancia frente a la colosal estatura del alcalde de Madrid-, sólo atisba en el debate los territorios del sur del ombligo, hasta ahora ruin patrimonio de alcahuetes, telecotillas y porteras.
Blandiendo una revista como una comadre, Sebastián quiso alzarse sobre las plataformas del infundio, sobre la insinuación rastrera de la calumnia y el bulo, y consiguió de sí mismo un retrato para la historia universal de la infamia que horroriza de vergüenza y estupor a las personas decentes de su propio partido, espantadas por la salpicadura de este oprobio de rufianes.
Y no sólo se estrelló ante el soberbio desprecio de un oponente capaz de mirar por encima de su hombro sin encontrarle a su altura, sino que tiró por el sumidero de la respetabilidad cualquier posibilidad futura de acceder a un empeño político honorable.
Comenta Joaquín Leguina que sabe por experiencia que el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, es un hueso difícil de roer en un debate cara a cara, pero nunca pensó que se le intentara derrotar bajándose al barro de la maledicencia, además, en un campo hasta ahora reservado a los programas de telebasura:
En España -al igual que en Francia y a diferencia del Reino Unido- una norma no escrita proscribe hablar en público acerca del gusto, de las desmesuras eróticas y, en general, de las prácticas sexuales de los adversarios... y si alguien decide saltarse esa norma, no tiene el derecho de hacerlo en mi nombre... ni en nombre del partido político al que yo sí pertenezco.
El siempre agudo Esteban González Pons, que nos regala este viernes una breve pero divertida nota,dirige su mensaje a Leguina y le pregunta:
No me lo vas a creer, Leguina, pero Zapatero fingió que quería hacer una campaña limpia. Sí, hombre, seguro que recuerdas cuando se partía el poncho como en una boda andina y decía: «A cada insulto que recibamos, nosotros una propuesta; a cada descalificación, una idea, y a cada exageración, una sonrisa».
Aún tiernas las trizas del poncho, la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, preinauguraba, sin poner un céntimo del Ministerio, una línea de Metro con sus candidatos a liderar la oposición en la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid.
Cómo estaréis de «ideas, propuestas y sonrisas» que el candidato Miguel Sebastián se ha metido, sin pudor ni prudencia, a paparazzi de revista cardiaca y la ministra de Vivienda (que existe, yo la he visto) usa avión militar para dar mítines con Carmen Alborch en Valencia.
Sebastián cometió muchos errores y dos muy graves en su patético debate con Euiz Gallardón. El primero fue mostrar la fotografía de Monserrat Corulla, lo que no podía ser interpretado más que como una insinuación de una hipotética relación sentimental del alcalde con esta abogada.
Si se trataba sólo de urbanismo, ¿por qué no exhibió una foto de un edificio o el plano de un inmueble? El segundo fue preguntar por posibles favores inmobiliarios a Corulla y otras personas sin aportar la más mínima prueba y sugiriendo que podría haber existido un trato de favor.
El fracaso de Zapatero en Madrid alcanzó en ese debate su expresión más patética y desconsoladora. Incapaz de convencer a De la Vega, Borrell y Bono para que fuesen al desolladero de una derrota digna, el presidente envió al frente de la capital a un escudero de confianza, al tipo que le diseñaba en un despacho vecino operaciones de intriga financiera contra sus adversarios y tramaba torticeras revanchas personales al amparo de una oficina siniestra de conspiraciones pretorianas.
No se le requería que ganase, sino que mantuviese el tipo e hiciese méritos para alguna responsabilidad de mayor calado. Pero Sebastián, desesperado por la terca inanidad de su torpe discurso, ha tirado cualquier atisbo de futuro por la alcantarilla de una miseria moral sonrojante ante la que alguien debería pedir disculpas.
El portavoz socialista en el Ayuntamiento de Madrid, Oscar Iglesias, defendió ayer a Sebastián y afirmó que Gallardón ha favorecido a Corulla en la tramitación de los proyectos urbanísticos del palacio de Villagonzalo y del frontón Beti-Jai. El desmentido del Ayuntamiento fue tajante, subrayando de forma bastante convincente que ha cumplido en todo momento con la legalidad.
Al que acusa le corresponde aportar la carga de la prueba. Por ello, Sebastián y el PSOE deben comparecer públicamente con los documentos que demuestren sus acusaciones. Si tienen constancia de algún delito, que lo denuncien a la Justicia.
Su desgracia es que no tienen nada y se han cubierto de mierda.
Jueves, 17 de mayo