María Muñoz, Reportero Digital Bruselas.- Entre golpe mediático y polémica inaceptable se debaten los belgas. La RTBF, la cadena de radio y televisión pública del país, simuló cubrir en tiempo real la huida del rey Alberto II y la desintegración del país en dos partes: Flandes y Valonia.
Bélgica fue durante unas horas el Nueva York del 10 de octubre de 1938, cuando Orson Welles incitaba a los habitantes de Manhattan a salir de la ciudad antes de que fuera tomada por los extraterrestres.
Tras dos años de trabajo periodístico, a las 20:21 horas del 13 de diciembre comenzó el espectáculo.

François De Brigode aparece en pantalla para introducir el flash informativo que acapara todas las miradas eliminando de la parrilla la programación prevista en la RTBF e iniciada hacía sólo unos minutos por Jean-Claude Defossé.
La primera supuesta conexión en directo se hace desde el Parlamento Flamenco, donde acaba de votarse la secesión de Flandes del Reino de Bélgica.
Durante una hora y media, y junto al presentador del telediario y a Alain Gerlache, director de la televisión, un conjunto de periodistas comienza a desfilar sobre el plató que la RTBF ha preparado –durante 730 días- con urgencia.
Las crónicas de los enviados especiales se suceden. Desde el Parlamento Flamenco, hasta el Palacio Real, abandonado por Alberto II.
Los periodistas de la cadena pública aseguran que el monarca ha huido al extranjero citando como hipotético destino Kinshasa, la capital del Congo.
No menos expectante es la conexión desde el Atomium, donde supuestamente se habían refugiado los ministros del Gobierno de Bruselas capital.
La farsa de la RTBF llega hasta mostrar las primeras consecuencias de la decisión de la derecha flamenca: el cinturón de Bruselas -el equivalente a la M-30 madrileña- está paralizado, los trenes están bloqueados en la frontera lingüística, aviones han sido obligados a dar media vuelta, la sede de la OTAN está en alerta máxima…
Con este ejercicio de política ficticia, la cadena pública del país puso en vilo a sus habitantes durante casi dos horas. Apenas 120 minutos en los que los belgas se preguntaron qué iba a ser de ellos en un país dividido.
A pesar de las discretas advertencias de la televisión, que con pequeños símbolos señalaron que la emisión no era real, hubo quiénes, y no pocos, creyeron que el final de Bélgica había llegado.
El simbólico y ficticio derrumbamiento de la torre de la televisión pública acabó con las dudas de quienes no se lo terminaban de creer y tranquilizó a los que por el contrario se preparaban para lo peor o… para lo mejor.
Es de sobra conocido que para muchos el rey sobra y que Flandes y Valonia no deberían formar parte del mismo país.
¿Un ejercicio o una prueba?